viernes, 4 de diciembre de 2009

XVIII

Oigo el gemido gris de todas las ciudades,
caballos que el silencio hundió bajo la noche
para formar las viudas del miedo y de la sombra.
Oigo el temor y el odio untando sus miserias,
la sequedad sin límites que dilata el olvido.
Puedo escribir cenizas, callar en los discursos,
abrirme a la piedad en llanto o en silencio
para que el tiempo escurra sus imanes vencidos.
Puedo sentir la sílaba pronunciada en el hambre,
la desaparición y el óxido en los huesos,
el nombre de la sed fraguándose en la edad,
tanta memoria herida, escasa ya de luz.