viernes, 27 de noviembre de 2009

XXXVI

Indescifrable el tiempo extiende sus heridas,
brama en la nieve rota por otros caminantes.
Por qué nombrar los rostros que el aire sacudió,
la pálida altitud que el fuego hirió en cenizas;
la sed, la luz, el río, la muerte en cementerios
por donde todo gira para vaciarse en lágrimas.
Para qué descoser la paz de la envoltura,
la multiplicación y el ácido sin límites,
la tregua y el silencio después de arar la tierra.
No existe aquí una roca para que nazca el mundo,
un túnel que florezca para que inicie el tiempo:
no existe la justicia sobre las rosas muertas.