miércoles, 22 de diciembre de 2010

XXVII

Sobre lo oscuro asoma el cauce de la luz,
no pertenece a nadie el oro de los párpados.
Un continente gris despide su silencio:
los primeros insectos crujen bajo las cáscaras,
los símbolos del mundo disuelven la elegía.
Es una celda abierta la mañana que ocurre
la voz, acaso el grito, que rompe entre kilómetros.
Están las bestias llenas de un rocío solemne
que amuebla al mundo entonces, para nombrar la luz,
para acercar los ojos de los hombres despiertos,
para extender las alas de los pájaros libres.
Uno retoma entonces las costumbres, los ritos,
abre palabras, niega, cuestiona los colores,
pretende ser de ayer sobre la triste carne
y no soporta al tiempo ni a sus aguas altivas.
Los vigilantes nombran cada nuevo suceso
mientras la tierra escribe las fórmulas del polvo.
En humedad las tumbas son más tristes y solas,
las acompaña el frío y la niebla que baja
para llorar en duelo por los muertos que amamos.
En humedad las tumbas reciben otro día
y ya los gallos suenan como si no sonaran
y toda la tristeza se vuelve luz latente,
oscuro germinar del brillo de la ausencia,
titánica aventura de un día por vivir.

domingo, 21 de noviembre de 2010

I

Pájaros, formas de haber amado lo volátil de la noche y la imposible huella del rocío.
Luz, hebra de inextinguible cauce sobre el cuerpo que alimenta la sed y la tiniebla.

Yo no escribí los símbolos del agua,
no perpetré la forma a veces tierra de tu voz hecha caída y escaso regocijo en la espesura.

Yo descifré los últimos metales que en tu cuerpo giraron escondidos
y fui el abrigo bajo el viento de las alas, la posibilidad futura de los astros, el suelo abarcador de las raíces.

Sólo aprendí la paz de la pobreza, la paz de estar desnudo en la temblanza, el gris amanecer de los metales.



De "La luz de los metales"

viernes, 5 de noviembre de 2010

La unión de los amantes

La música enredándose bajo la luz insomne.
La población del vino con su vocal rasgada.
La higuera con su edad y la estación perdida.
Toda la esclavitud ciñéndose del catre.
Lo antiguo y maternal, la hierba y el sepulcro.
Los animales ciegos rozando la locura.
Los rieles que la lluvia alzó para el transporte.
Alguien que pasa y muere, alguien que sella un libro.
El sismo y la nación, todo lo que era bello.
La destrucción del mundo en la fragante rosa.
El nido desahuciando la sombra de las sienes.
El astrolabio hundido buscando su horizonte.
La yunta y el tejido donde los niños danzan.
La oscura antigüedad donde la noche nace.
La brújula y el llanto, la prisa y el olvido.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Corazón

Hubo tu corazón de abrir su desnudez,
herirse bajo el ruido de los metales tibios,
callarse ante las alas que el tiempo herrumbra y tira.
No supimos de barcos,
de números recién caídos,
ni de las cuerdas llenas de equilibrio de las aves;
sólo tu corazón,
sólo tu corazón y su morada,
sólo tu corazón anchando el límite,
creciendo ante la trampa de las hélices
y ante la mordedura.
Sólo tu corazón en el errar de pájaros,
en la quietud y el miedo al borde de los límites.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

domingo, 13 de junio de 2010

XLVI

Frágil tu libertad narra las aguas sucias,
los rostros que atraviesan la soledad se extinguen
y colman el olvido. Es un sonido azul
el que ilumina el cuerpo rociándolo de cuerpos.
Es una oscuridad mayor la de la muerte.

jueves, 10 de junio de 2010

jueves, 4 de febrero de 2010

XXXVI

Indescifrable el tiempo extiende sus heridas,
brama en la nieve rota por otros caminantes.
Por qué nombrar los rostros que el aire sacudió,
la pálida altitud que el fuego hirió en cenizas;
la sed, la luz, el río, la muerte en cementerios
por donde todo gira para vaciarse en lágrimas.
Para qué descoser la paz de la envoltura,
la multiplicación y el ácido sin límites,
la tregua y el silencio después de arar la tierra.
No existe aquí una roca para que nazca el mundo,
un túnel que florezca para que inicie el tiempo:
no existe la justicia sobre las rosas muertas.

jueves, 21 de enero de 2010

viernes, 15 de enero de 2010

XLV

Concurre la inocencia en la profundidad,
lo corporal se extiende y estás desnuda al fin
bajo las alas púrpuras que trazan la materia.
¿En qué ciudad tu nombre celebra la dulzura,
y qué campana roza tus límites heridos?
En la piedad abrevas el grito del que muere
y en ti mi corazón desata la ceniza:
no puede ser lo impuro bajo estos huesos tibios,
sino la longitud del cuerpo que te inunda.