miércoles, 22 de diciembre de 2010

XXVII

Sobre lo oscuro asoma el cauce de la luz,
no pertenece a nadie el oro de los párpados.
Un continente gris despide su silencio:
los primeros insectos crujen bajo las cáscaras,
los símbolos del mundo disuelven la elegía.
Es una celda abierta la mañana que ocurre
la voz, acaso el grito, que rompe entre kilómetros.
Están las bestias llenas de un rocío solemne
que amuebla al mundo entonces, para nombrar la luz,
para acercar los ojos de los hombres despiertos,
para extender las alas de los pájaros libres.
Uno retoma entonces las costumbres, los ritos,
abre palabras, niega, cuestiona los colores,
pretende ser de ayer sobre la triste carne
y no soporta al tiempo ni a sus aguas altivas.
Los vigilantes nombran cada nuevo suceso
mientras la tierra escribe las fórmulas del polvo.
En humedad las tumbas son más tristes y solas,
las acompaña el frío y la niebla que baja
para llorar en duelo por los muertos que amamos.
En humedad las tumbas reciben otro día
y ya los gallos suenan como si no sonaran
y toda la tristeza se vuelve luz latente,
oscuro germinar del brillo de la ausencia,
titánica aventura de un día por vivir.